Siempre pensé que si no iba a vivir mi propia historia de
amor, escribiría la más hermosa; una de la cual estuviera orgullosa, digna de
contar por ser a mi medida, pero sobre todo que tuviera el ingrediente que le
faltó a las de la vida real, que fuera creible. Creo que las conozco todas, o
casi todas para no exagerar, Elizabeth Bennet, Bella Swan y Louisa Clark son
algunas de las privilegiadas que en los sueños de alguien fueron, son y serán eternamente
felices. Algunas como ven no terminan con el hombre de ensueño siendo parte de sus vidas, pero
si queda en la memoria, que alguien las declaró y las eligió como compañeras de
destino.
En este punto, no sé si los escritores de historias de amor son conocedores, a un grado superior, de la psiquis de la mayoría de las mujeres, si hacen encuestas de opinión sobre cómo sería la historia de amor preferida, o si simplemente la ecuación es siempre la misma en distintas épocas, escenarios, realidades o irrealidades según corresponda, pero con los mismos ingredientes; y si es que para que se conozca el amor se hace necesario primero conocer el desamor. Todo esto todavía sin pensar siquiera en definir qué es este condimento de la vida llamado amor.
En este punto, no sé si los escritores de historias de amor son conocedores, a un grado superior, de la psiquis de la mayoría de las mujeres, si hacen encuestas de opinión sobre cómo sería la historia de amor preferida, o si simplemente la ecuación es siempre la misma en distintas épocas, escenarios, realidades o irrealidades según corresponda, pero con los mismos ingredientes; y si es que para que se conozca el amor se hace necesario primero conocer el desamor. Todo esto todavía sin pensar siquiera en definir qué es este condimento de la vida llamado amor.
No es que el
detalle de la eterna felicidad sea el más importante ene estas historias; sino que puedan ser
recreadas las veces que sea necesario y siempre tengan como final una sonrisa y
las ganas de seguir avanzando en el logro de nuestras metas. Las miro a todas,
cuando estoy en la calle, o en el bus camino al trabajo, o en la tienda, la
mayoría tiene la mirada dura y se deja ver la tristeza de la traición, de la
desesperanza, de la humillación o simplemente del más elemental de los
sentimientos, la rabia. Generalmente la causa de tales actitudes no provienen
solo de ellos, sino que hay alguna “ella” que la originó, por eso creo que las
mujeres nos sabemos nuestras peores enemigas.
¿Está sobrevalorado
el amor? Digo si hay gente pasando hambre, si hay gente muriendo de
enfermedades a los que no les consiguen cura, si hay niños huérfanos y otros voluntariamente
abandonados, si el cambio climático amenaza la vida en la tierra, si los que
hay tenido mayores oportunidades siguen sin compartir con los menos
afortunados, ¿Por qué seguir pensando en el amor que nos falta? ¿Son ellos los culpables? ¿Somos nosotras que
creamos falsas expectativas o depositamos en ellos una responsabilidad, y por
ende un poder, que no tienen?
Hacernos felices no es tarea de otros, es una
tarea personal. Lo que sucede con toda responsabilidad es que tiene su afán. Se
debe trabajar en ello; y en este caso como siempre el primer paso es hacer un autodiagnóstico
que defina nuestro ser. Eso tenemos a favor las mujeres nos entendemos como una
mezcla de sentimientos, pensamientos y acciones, y estamos convencidas que
tenemos los tres ingredientes en diferente medida, pero siempre los tres.
Entonces viene, la responsabilidad de la respuesta a la pregunta: ¿Qué es lo
que me hace verdaderamente feliz? Necesariamente la respuesta no tiene que ser idílica,
podemos hablar del millón de dólares sin que eso sea condenable. La cuestión
es, ¿Qué estoy haciendo yo para alcanzar aquello que me hace feliz? Volveremos
pronto a repensar sobre la primera pregunta.