Tormenta en Trujillo, a pesar del clima de montaña que tiene este pueblo, es raro que amanezca con tanto frío. Alcanzo a ver la neblina bajando en señal de que va a continuar lloviendo durante la mañana. De paso, la guacharaca sigue anunciando que viene agua. Cuesta salir de la cama, pero anima el olor a café y a pan tostado.
Desde hace rato que ando con ganas de contarle a alguien una historia que escuche anoche. Usted es el único que la puede entender y, tal vez, sentir como yo. No es mi historia, ojalá lo fuera, así pudiera externalizar esta paleta de sentimientos y lograr el mismo desahogo de mi amiga, una hermana que escogí. No se trata de invadir su privacidad, sino de hacer menos pesada su carga, tratando de dar una respuesta en la opinión compartida de esta basta audiencia llamada mundo.
Es la vida hecha retazos de una mujer sin sonrisa, nunca destinada a ser feliz. Está sonando el teléfono, pero sigo pensando en ella con profunda tristeza y es que debe ser extraño no tener esperanza para el día que vendrá. Un momento, ya continúo mi historia, pero debo contestar el teléfono.
Mientras trato de pensar como les relato esta vida, escucho del otro lado a mi hijo describiendo con emoción su nuevo trabajo en esa cosmopolita y despierta ciudad. Tiene 27 años ya, pero todavía conserva la dulzura del niño; una dulzura que ojalá nunca pierda para que no se lleve con ella el cariño y respeto por la familia que algunos ya no demuestran por los años y la amargura que estos traen a cuestas.
-Mamá tienes que venir pronto, te van a gustar los edificios, las luces, los colores, la alegría de este lugar.
-Pronto hijo, en las próximas vacaciones estoy allá.
Él sabe que no voy a ir. Santiago de Chile ya no es de mi agrado, pero no se lo puedo decir. Me gusta pensar en él y en su vida, libre de culpa y sobre todo libre de mi. A su hermana tampoco la visito, con mucha menos devoción por la familia, ella se independizó desde muy joven de los karmas familiares y vive una vida libre de traumas. Lejos pudiera yo pensar en llevarle ni media preocupación.
Jorge vive en Santiago desde hace un año y aun recorre las alamedas pensando en mi. Será siempre mi príncipe, el esposo de una mujer afortunada porque sabe de respeto y de cariño. Su doble nacionalidad no es justa con él, se siente mas chileno que venezolano, pero para los chilenos siempre será un extraño bienvenido en Chile, pero extranjero al fin.
Sin embargo, para los venezolanos siempre será un desertor que no quiso vivir en este hermoso país entre esta gente con una forma de ser tan distinta al resto de América del Sur. Cuando pienso en la mezcla entre chileno y venezolano veo las dos caras de una moneda, colectivamente exhaustivos, pero mutuamente excluyentes.
Estoy muriendo, todos lo estamos dicen los optimistas, y es verdad, sólo que yo conozco el nombre de mi verdugo y los límites del tiempo porvenir. La enfermedad me enseñó que la mejor palabra es la que se dice con reflexión puesto que cada una de ellas es una sentencia dependiendo del signo que tenga y de la carga de verdad que contenga. Pero no es sobre mi esta historia, quisiera yo poder tener la libertad de contar la mía, pero me frena la vergüenza y la cobardía.
Entre los primeros recuerdos que tiene la Xime, Ximena con cuatro décadas de historia, se encuentran los gitanos, de esos que recorrían Chile de extremo a extremo con su magia, demostrada el día que ofrecieron a su madre comprarla como sirvienta para que ayudase en la crianza de sus hijos.
_ Mejor te hubieses venido conmigo poh, si vas a llorar toda tu vida, le dijo el gitano mientras veía la mano de la niña Xime, que se escondía en el único arbusto del mal llamado jardín de la pequeña casa de madera.
No era en realidad una casa completa. Habían dividido la casa, dejándole a la mamá de la Xime, una habitación, una sala-comedor y la cocina. El baño, un único baño era compartido por las dos familias. Por supuesto, como toda casa pobre tenía era un "guater" como le decían. Los pobres no sabemos de water-closet. Un pozo construido por el tío de la mamá de la Xime y que era el temor de los más pequeños. Caerse ahí no era algo que nadie quisiera.
Es extraño que no se hable mucho de estos temas, y es que la precariedad, la falta de privacidad, la aglomeración de gente son el caldo de cultivo de todos los males. Se puede imaginar usted que la Xime y su primo tenían que compartir el baño hasta los 6 años. No era un espectáculo grato, el problema es que era real. Son las cosas que la gente pobre no cuenta. La pobreza tiene olor, no importa cuántas veces te bañes.
La sentencia del gitano se cumplió porque así fue. Son los sustantivos como lágrimas, ansiedad, tristeza y soledad los descriptivos que acompañan esta historia, por lo tanto para aquellos que esperan que en algún momento la suerte cambie, lo siento pero no es para ustedes entonces este relato. Acompaño cada frase que le cuento mientras voy repasando su album familiar. Ahí quedan como testigos mudos las fotografías viejas, manchadas, arrugadas y en blanco y negro que se conservan como testimonio de esta realidad, mostrando una mueca permanente en la cara, mitad sonrisa mitad dolor.
Extrañamente, todas las personas en la foto tienen la misma expresión, tal vez si comparo la fotografia con el resto de la época tendrán todos un rictus parecido. Si quisiera nombrarla de alguna forma sería desolación la palabra que utilizaría. Y eso que en esa particular época todavía no se destapaba al mundo que existió una Ingrid que entrenaba para ser bestia. Tampoco se conocían las fotos de aquellos cuatro careperros que le marcaron la vida a tanta gente. La niña Xime recordaría sus nombres como un mantra en letras de neón hasta adulta: Pinochet, Leigh, Merino, Mendoza. No, no había una explicación, solo éramos así, gente triste. Era 1973.
Pero, en el otro extremo de los recuerdos estaba el río, el majestuoso Bío Bío, oscuro y tenebroso y que en una oportunidad estuvo a punto de llevarla con él. Las arenas movedizas, el grito, y la mano que la sacó del fondo son algunos de esos recuerdos. Imposible olvidar el olor a los árboles de pino y a la tierra mojada en las riveras del río que también lo acompañaban y que le otorgaban al paseo una mezcla de nostalgia y serenidad.
También, figuran en la remembranza, el cerro con todos sus senderos, la enormes arañas que los transitaban, las caídas de agua y las moras verdes y rojas, adornando su niñez. El sonido del tren con la sirena de la estación anunciando su llegada, y el juego por las vías al menor descuido de la mamá.
Completan el cuadro de esa infancia los amigos de la calle A. Pinto, la señora con la decena de gatos, era la vieja Luisa para los otros, que miraban asustados como ella si se abría paso entre las maderas de la entrada, puestas como cerca improvisada, para pasar horas jugando con los gatos de aquella extraña señora. Sólo a ella aceptaban en la casa. De allá la sacaban llorando porque tenía que dejar a los gatos. Un cariño por los gatos que acompaño a la Xime toda su vida. ¿A usted le gustan los gatos?
Por encima de todas esas sensaciones estaba la mano segura de la tía que la crió, el abrazo amable de quién se sabía tan sola como ella, por ser huérfana. Una tía-madre a la que tendría que despedir en el aeropuerto de Concepción, una noche lluviosa de golpe militar, porque toda la familia partiría al exilio y no había suficiente dinero para un pasaje más. La lluvia no es una extraña en el sur de Chile. Lo extraño es que siempre llueve cuando estás llorando. No, no son gotas celestiales, yo también lo sé, Xime.
Quedaba la tía huérfana dos veces, dos veces sin familia, dos veces en apenas 17 años en que no sabía que rumbo iba a tomar su vida. Dios no existe para los pobres, para los feos, para los niños y sus lágrimas, definitivamente, no son gotas celestiales. Ximena nunca más vería a su tía. Pero esta tampoco es su historia, se las puedo contar otro día. Vuelve a sonar el teléfono, esta vez no voy a contestar.
Mucha gente es reacia a escuchar verdades, sabe usted. Puede ser porque le afecta en lo personal, es sus decisiones, su plan de vida, sus afectos. Pero nada como una verdad. La Xime, lo sabía. Por eso evitaba escucharlas. Decía que no importaba lo que dijera la gente para ella la verdad era sinónimo de realidad. Lo demás son sueños y los sueños, por mucho que duela, no son la verdad.
Xime lo descubrió cuando en 1973 quiso visitar la casa de su mejor amiga y no pudo entrar nunca más porque ahora formaba parte de los perseguidos, de los comunistas, de los para en el suelo que por un poquito tiempo habían soñado con ser protagonistas de su destino. Repito, solo un sueño.
No podía irme sin contarles sobre la Isla. En 1973, llegó el horror a la casa de la Xime. Las acorralaron en un rincón a ella y a su madre. Quemaron afuera todo el material escrito que encontraron. Su padre nqo era inocente, era culpable de creer, era culpable de pensar y era culpable de esperar. El cañón frío de la ametralladora permanecerá en el subconsciente de esa niña por siempre.
La mamá de Xime estaba embarazada de su segunda hija, una pequeña niña que cargaría en sus genes el miedo que vivió en el vientre de su madre y que nació con dificultades de salud, las mismas que acabarían con su vida años después. Su nombre, el más bello que encontraron Angélica.
Al padre de Xime se lo llevaron ese día a la Isla Quiriquina, allá lo visitarían ella y su madre en 1974 y como recuerdo nuevamente los militares, los hombres manos arriba, el nudo en el estómago, la mirada por el rabillo del ojo. El dolor. Esa sería la última vez que vió a su padre porque el hombre que salió de aquella isla en 1975 ya no sería nunca más el mismo. La rabia, ira, resentimiento, odio, culpa y vergüenza por lo vivido servirían como detonante para una genética condición de alcoholismo que marcaría el destino de esa familia de allí en adelante.
La isla. Centro de tortura y creadora de horribles recuerdos; atrocidades que es imposible describir, tanto como es imposible describir el olor de la electricidad aplicada en los genitales de aquellos hombres, pero cuyo resultado si se siente en cada paso de miles de exiliados de primera y segunda generación. La Xime y su familia serían por siempre y para siempre víctimas de lo ocurrido no lo solo en el Chile de 1973, sino particularmente en esa isla mil veces maldita.
Creo particularmente que a todos los familiares de estos detenidos políticos el Estado de Chile debió haberlos resarcido, aunque no se pueda pagar la ausencia de familia, la soledad del exilio, la desviación de la vida, aún así tampoco lo intentaron. Demanda contra el Estado chileno por haberme arrebatado la vida y dejarme viva para contarlo, debió haber titulado la Xime la historia de su vida. Me gustaría encontrar a todos los exiliados de segunda generación y que juntos reconstruyan su historia.
Palabras que se repiten cuando se habla de la isla: nunca debió suceder, nunca se podrá perdonar, nunca se puede olvidar, siempre será recordada la crueldad del hermano, siempre se llevarán en el alma las cicatrices de aquella época, siempre. Toda la verdad se encuentra documentada, no saben cuánto quisiera que está fuera una historia brillante y bien redactada al estilo de Isabel, pero no es, es solo la verdad de lo que otro Allende inicio y que terminaría con la vida, sin haberla vivido, de la pequeña Xime.
La Xime se vino a vivir a Venezuela con 9 años. Desde aquí la segunda parte de esta historia, que es eso, solamente una historia. Le parece a usted si me acompaña mientras se la cuento, es usted un buen oyente. Así son los buenos amigos. No soy buena escritora, ni siquiera soy escritora, pero escribir sobre la Xime es una necesidad tan vital como que usted me escuche.
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