Aquí estoy otra vez, pensando en como irme. No me gusta quedarme quieta, me entra muy pronto el hastío, el inconformismo, la sensación de vacío enorme y caigo en la desesperanza. Eso se aplica a cada faceta de mi vida, todas han pasado por este escalafón en algún momento.
Trataba de definir a quién le tocaba hoy y borré y escribí unas cuantas veces al trabajo, a los sentimientos, al trabajo o a los sentimientos. Hoy le toca al trabajo, soy meritocrática por naturaleza, en el buen sentido. No entiendo mucho que tiene de malo que la posición social de una persona era determinada por el coeficiente intelectual y el esfuerzo. Malo debería ser alcanzar el mismo estatus, pero mediante engaños, astucias, robos blancos y corrupción.
Pero bueno, ese no es el motivo de conversación de hoy, sino mas bien el hecho de que cada día los puestos de trabajo están ocupados por personas que no cumplen el perfil ni en sus aspectos mas elementales, privando el partidismo, el amiguismo y el compadrazgo en la selección del personal. Y ojalá fuera un partidismo entendido como inclinación ideológica pero ,por el contrario no importa si hasta ayer fuiste adversario, denigraste y perseguiste, sino que hoy tengas la postulación de las llamadas "bases".
En esas circunstancias resulta casi menos que imposible lograr resultados de calidad y orientados hacia los objetivos y metas organizacionales. Me siento en minusvalía frente a colegas de otras latitudes, me siento subestimada y hasta acorralada porque no tengo otro camino que sonreir ante la ultima ocurrencia del jefe o frente a la retahíla de groserías y malas palabras que se escuchan en el ambiente laboral.
Leía en estos días un artículo del Aeropuerto del adiós, en el cual se relata los sentimientos encontrados de despedir a alguien que se va buscando nuevos horizontes. Amigo que escribe, no se sienta triste por el que se van siéntase triste por los que nos quedamos, porque a pesar de poseer ese mismo espíritu crítico y emprendedor, no podemos darnos el lujo del recomienzo.
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